lunes, 7 de febrero de 2011

Cual debería ser el tipo de cambio

Cómo podemos tener noción del tipo de cambio de equilibrio?

Encontré esta respuesta en un artículo de Lucas LLach para la Nación:

 “tipo de cambio real de equilibrio”.
(....)Mirar las cuentas externas es un primer indicador de si nuestros precios en dólares son o no razonables. Pero en última instancia creo que un factor clave es ver si el tipo de cambio real vigente genera o no pleno empleo. Un poquito de matemática sencilla (abajo de este post, donde dice “Leer la entrada completa”, o aquí) muestra que cuanto más alto es el tipo de cambio real (cuanto más barato es el país), más bajo es el salario real, y viceversa. Si coincidimos que hay algún salario real “demasiado alto” al que no es redituable contratar trabajadores, estamos diciendo que hay un tipo de cambio real “demasiado bajo” –un nivel de precios en dólares del país suficientemente alto– que genera desempleo. Mi definición favorita de “tipo de cambio real de equilibrio” es precisamente la del nivel de precios en dólares que no tiende a generar inflación (como sí generó el tipo de cambio de 2003) ni desempleo (1999-2001). Volvamos, entonces: si el país se vuelve demasiado caro en dólares estará generando salarios reales –o, si querés, salarios en dólares– a los cuales el empleo se empieza a estancar.



(....) Sin plan de estabilización, la inflación no baja. Creo. Si no baja la inflación, en un momento la Argentina enfrenta al problema de precios en dólares altos que padeció la convertibilidad, con una desventaja y una ventaja. La desventaja es que no será tanta la confianza en el régimen económico vigente como para mantener por mucho rato un desequilibrio externo, ni tanto rato como para que ese encarecimiento en dólares lleve el desempleo a dos dígitos; la ventaja es que para mejorar la competitividad no hay que descabezar a un tótem sino tan sólo cambiar un 4 por otro número. En ese punto los caminos se abren de nuevo: hacer esa devaluación sin un plan de estabilización sí sería peligroso.

Fuente: Lucas Llach para La Nación

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